
La población de aquella parroquia perdida en la montaña y cerca de la región de las nieves y de los glaciares estaba acostumbrada a contemplar un continuo cambio de sacerdotes. Estos, siempre jóvenes, llegaban allí, obligados por la obediencia a la autoridad eclesiástica, permanecían unos meses, y, en cuanto podían, se trasladaban al valle, sin ocultar la íntima satisfacción que les causaba salir de un pueblo, más apto para mansión de gacelas que para residencia de hombres.





